Las manecillas del reloj cantaban escandalosamente, estaban impacientes por avisarle a su dueño que quedaba poco y que si no se daba prisa llegaría tarde al examen de matemáticas. La hoja le esperaba silenciosamente en el pupitre.
Las Doce estaban incómodas, las demás miraban hacia ellas con cara de muerte. Sabían que ellas no tenían culpa de controlar las manecillas tan alborotadoras, pero sí que podía retrasarse un poco para prestarle una ayuda al profesor. Entre todas las horas, minutos, segundos y milesimas, no consiguieron relajar a las manecillas que corrían rápidamente hacia las Doce.
El examen esperaba pacientemente en el pupitre para ser escrito por el profesor. Las matemáticas habían sido sus amigas durante muchos años, con las que compartió momentos felices. Cuando nadie le apoyaba, las matemáticas prestaban planteamientos y él a cambio, utilizaba su lógica. La suerte nunca le había acompañado, por eso nunca llegó a tener amistades humanas. Y a las matemáticas llegó a dedicarse el profesor durante varios años.
Él era joven pero muy astuto, por eso tuvo la oportunidad de participar en una de las mejores universidades del país. El examen le tocaba a la Una, pero ella no estaba preparada y tampoco el profesor, los dos estaban bajo presión.
De repente, las Diez post meridiem que se levantó después de haber estado durmiendo en Japón tuvo una idea brillante. -¿Por qué no retrasamos entre todos los minutos la hora?
Todos se quedaron pensativos y algunos muy fascinados por la idea tan original de las Diez. El profesor siempre había hecho todo lo posible para que las matemáticas fueran un instrumento importante en la sociedad. Las matemáticas se sentían obligadas a prestarle ayuda con un poco de suerte.
Las Diez tenían pensado retroceder el tiempo para ayudarle al profesor a llegar al examen a tiempo pero también querían evitar la catástrofe que acababa de suceder en Japón. Aunque el Tsunami no se podría controlar, el número de personas muertas a lo mejor se reducirían. Pero, las horas y los minutos sabían que retrasar el tiempo sería imposible y muy difícil de lograr. No era una sugerencia muy lógica, las Diez siempre habían sido muy soñadoras.
El reloj se sentía muy triste sabiendo que el profe llegaría tarde al examen y no sería capaz de llegar a tiempo.
Después de varios minutos, él se presentó al examen con un estuche en la mano y unas lágrimas de sudor cayendo por la frente. No solo el reloj fracasó ayudándole al profesor sino que también se les hizo imposible a las horas controlar a las manecillas.
El examen pasó rápido, y el profesor terminó el examen justito de tiempo. Lo que no sabía es que el reloj de la clase estaba retrasado 10 minutos. Al darse cuenta las Diez y las otras horas y minutos , celebraron el éxito del profesor. ¿Era cuestión de suerte o fue coincidencia? Las manecillas seguían paseando por el reloj y tocaron las Tres, el número mágico. Las horas y los otros se quedaron satisfechos al saber que el profesor terminó la tarea a tiempo.
La hora Tres cansada de todo el drama entre las manecillas y las horas se enfadó tanto por el escándalo existente que hizo que se parase el reloj. El profesor miro hacia las horas y se dio cuenta de que el reloj había parado de hablar.
Las manecillas se tranquilizaron y se miraron una a otra. El sonido que hacían cada vez que se pasaban paró y lo único que había era un silencio y el sonido se marchó y se fue vibrando por las ondas del tiempo.
Las manecillas se miraron enamoradamente y la más corta se puso a llorar. Los dos eran enamorados que querían coincidir y quedarse quietas para estár juntas para siempre, y ahora eso resultaba imposible.
Era preferible estar en constante movimiento y abrazarse cada 60 minutos que quedarse parados y nunca rozar el tacto. El sonido que producían era porque se echaban de menos y ahora las horas se dieron cuenta de que aquella frustración era porque los enamorados querían estar juntos. Ahora ya no existía lo que antes tenían.
Las manecillas estaban medio muertas y las horas y minutos estaban muy tristes. Pero, ¿no podía arreglarlo el Tres con su magia? Resulta ser que el Tres no era mago si no un numero frustrado.
Cuando el profesor se arremangó para comprobar la hora, se dio cuenta de que el reloj no funcionaba. Se acercó a la tienda y el relojero consiguió arreglárselo. Todos empezaron a las Cuatro y Veinte, las agujas se abrazaron de alegría y en seguida se separaron. Aunque no se verían hasta dentro de 60minutos, las dos sabían que algo es mejor que nada y desde entonces, todas las horas y minutos aprendieron algo.
Las manecillas aprendieron a ser más agradecidas y las horas aprendieron a ser más pacientes y en cuanto al profesor de matemáticas, consiguió sacar buena nota en el examen e hizo nuevos amigos que conoció después del examen. Resulta ser que los dos habían tenido suerte con el tiempo. Y de ahí surgió una buena amistad que logró establecerse durante mucho muchísimo tiempo.